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jueves, 5 de noviembre de 2009

Pobre gobiernito

Foto: José Alberto Álvarez Bravo y Yoanis Sánchez.

José Alberto Álvarez Bravo.

Por momentos, tengo mis arranques de seniles sentimentalismos. Acabo de ver el video sobre la negativa a Yoani para salir de Cuba, y no he sentido ninguna lástima por ella, sino por los pobres viejitos que integran la cúspide del poder.

Mi lástima hacia los ancianos que ya con esfuerzo liban "las mieles del poder", no se sustenta en el hecho natural e inexorable de su inminente desaparición física, -ya que éste es un "mal" que a todos nos espera a la vuelta del más nimio percance- sino en el incordio en que para sus augustas –y exhaustas- gargantas se ha convertido esta flaca, impertinente e inerme.

Resulta punto menos que inverosímil, que estas otrora egregias gargantas, inmunes al quebranto en miles de órdenes de ¡fuego! sobre cubanos maniatados, por las que discurrieron sin tregua bocanadas de aire incontaminado en sus orgías de dolor y luto, se declaren –en los hechos- incapaces de domeñar a esta versión femenina del mítico David.

En indescifrable enigma se ha convertido la solución del "caso Yoani" para los represólogos profesionales. Devenida en inflexible espina, alojada entre la glotis y la faringe, obliga a estos conspicuos aprendices de mago a desechar todos los extremos concebibles.

A estas alturas de la trama, no son creíbles las gastadas fórmulas de la "penosa enfermedad" o el "lamentable accidente", sin que esto haga aceptable la presunción de permitirle vivir.

Admitir su salida de la isla-prisión es tan impensable como dejarla en ella.

Ni que pensar en preservar su libertad, aun cuando encarcelarla es imposible.

Apremiantes llamados a la Asociación de Innovadores y Racionalizadores, (ANIR) a la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC) y hasta a la Asociación Yoruba de Cuba, han resultado, hasta el presente, infructuosos. Nadie ha podido gritar su estentóreo Eureka ante este imprevisto, subestimado en sus inicios.

Y es que Yoani se niega, tozudamente, gallegamente, a convertirse en uno de esos acomodables cartílagos sobrados de ínfulas, pero carentes de arrestos y corroídos por mal disimulada envidia, al saberse incapaces de articular un audible gemido discrepante frente a la canalla gobernante. Si alguien entendió qué estoy hablando –sobre todo- de los "periodistas" del oficialismo, óigame decirle ¡bingo!

Por estas y otras razones, comencé expresando mi pena por estos reciclados infantes. No hay que olvidar los miedos y desamparos inherentes a todas las infancias, y una dosis moderada de clemencia con el desvalido, si no nos hace salvos, al menos atenúa nuestras culpas a la hora del Juicio.

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